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Canarias contra el Imperio Británico: cuando el vino fue un acto de resistencia

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  • 21 ene
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 23 ene

La historia del vino en Canarias no se entiende solo desde la viticultura, el comercio o el prestigio internacional que alcanzaron sus Malvasías. Hay episodios en los que el vino fue símbolo de dignidad, de rebeldía y de defensa del territorio, incluso a costa de su propia destrucción.


Uno de esos capítulos —tan poderoso como poco conocido— es el que relata un artículo recientemente publicado “Canarias contra el Imperio Británico: derramar su vino antes que arrodillarse ante Londres”, publicado en el medio nacional Vozpópuli y firmado por el periodista José Luis Jiménez.


El texto nos traslada al siglo XVII, cuando la Corona británica intentó imponer un monopolio comercial sobre el vino canario a través de la llamada Canary Company, una sociedad respaldada por el poder real inglés y por 71 mercaderes londinenses. Frente a ese intento de control absoluto del comercio del Malvasía —el célebre Canary Sack que llenaba las tabernas de Londres—, los cosecheros canarios respondieron con una decisión extrema: romper las pipas y derramar el vino antes que venderlo a precio de sometimiento.


Más allá del dato histórico, este relato ayuda a comprender por qué el vino en Canarias ha sido —y sigue siendo— territorio, identidad y memoria colectiva. Una cultura vitivinícola que no nace del privilegio, sino de la resistencia; no del monocultivo impuesto, sino de la diversidad y el arraigo al paisaje volcánico.


A continuación, reproducimos íntegramente el artículo publicado en Vozpópuli, como ejercicio de divulgación cultural y homenaje a una de las páginas más intensas de la historia del vino canario.


VOXPOPULI - Publicado: 19/01/2026


Canarias contra el Imperio Británico: derramar su vino antes que arrodillarse ante Londres


Los cosecheros tinerfeños, en un acto de sabotaje épico, reventaron cientos de pipas de vino destinadas a la "Canary Company"


Aquella fue la primera batalla de una guerra que Madrid miraba de reojo y que los canarios pelearon cuerpo a cuerpo contra el león inglés, defendiendo su derecho a que el fruto de su esfuerzo no fuera moneda de cambio en manos de extraños. El origen era una sociedad con capital de la Corona inglesa que se llamaba la Canary Company y nació con 71 mercaderes de Londres. Solamente el nombre ya mosqueó: una denominación que en inglés sonaba a moneda sonante pero que en las orillas de Tenerife y Gran Canaria empezó a oler a cadena y a hambre.


71 comerciantes que, sentados en sus despachos de caoba lejos del sol de las viñas de Tenerife, pretendieron que el vino malvasía fluyera por un solo cauce, el suyo, como si el gusto de la uva pudiera someterse a la obediencia de un sello real. Pero la historia, esa otra gran borracha, enseñó a los ingleses que cuando se intenta atrapar el comercio canario en una red de monopolios, siempre hay un nudo que se suelta o un barril que se rompe Y mientras los barones ingleses calculaban sus libras de plata, en el Puerto de la Cruz y en Garachico el aire ya olía no a sumisión, sino a la agria fermentación de la revuelta que estaba por venir.


Y es que en la primavera de 1665, el aroma del Malvasía —el célebre Canary Sack que Shakespeare inmortalizara— no solo llenaba las tabernas de Londres, sino que se convirtió en una cuestión de Estado. Bajo el reinado de Carlos II Estuardo, sin pasar por Madrid, la Corona británica buscaba desesperadamente una forma de centralizar el comercio y, sobre todo, de asegurar la recaudación de impuestos tras los años turbulentos de la Commonwealth. Así nació la Canary Company (Compañía de Canarias), una entidad monopolística que recibió su Patente Real en marzo de 1665. Su sello era una declaración de intenciones: un león inglés custodiado por dos racimos de uvas con la silueta del Teide al fondo. El objetivo era claro: que ningún galón de vino canario entrase en Inglaterra sin pasar por el control de los 71 mercaderes fundadores, los llamados freemen of London.



Los arquitectos del monopolio y el capital en juego


Al frente de esta maquinaria mercantil se encontraba Sir Arthur Ingram, nombrado gobernador de la Compañía, un hombre de confianza del círculo real. Le acompañaban figuras de peso en La City como Sir William Thompson y un consejo de "asistentes" que dirigían la estrategia desde la capital inglesa. Cada uno de los 71 socios originales aportó un capital de 250 libras esterlinas de la época. Para entender la magnitud de esta inversión en términos actuales, si ajustamos el poder adquisitivo y el valor del oro a euros de 2026, estaríamos hablando de una capitalización inicial que superaba los 6,5 millones de euros. Este fondo no solo cubría la logística, sino que financiaba una red de 'factores' o agentes residentes en las islas, encargados de fijar precios a la baja que arruinaban a los viticultores locales.


El 'Canary sack' y el tonelaje de la discordia


El negocio principal era el vino, pero no cualquiera. Inglaterra demandaba el Malvasía dulce de Tenerife, el Vidueño (vinos secos de mezcla) y el exclusivo vino de Palma. En el apogeo de este tráfico, se estima que se exportaban anualmente unas 15.000 pipas de vino. En moneda de 2025, el volumen de negocio anual de estas exportaciones rozaría los 95 millones de euros, una cifra astronómica para la economía insular de la época. Para mover este 'oro líquido', la Compañía de Canarias utilizaba buques de gran calado como los English Merchantmen, naves armadas para defenderse de la piratería berberisca y holandesa. Nombres de naves como el Golden Fleece o el Mary Rose (en sus versiones mercantes) surcaban la ruta entre Londres y el Puerto de La Orotava (hoy Puerto de la Cruz) y Garachico, cargadas en el viaje de ida con manufacturas inglesas —telas de lana y productos de hierro— para forzar un intercambio comercial que siempre beneficiaba a la metrópoli.


La rebelión de los cosecheros y el derrame de Garachico


La imposición de precios máximos por parte de los agentes de la Compañía prendió la mecha de la indignación. En las islas, la resistencia fue liderada por la aristocracia terrateniente y el clero, pero también por influyentes comerciantes extranjeros que quedaban fuera del monopolio, como los factores judíos e irlandeses. Un nombre destaca en la resistencia institucional: el Conde de Molina, embajador español en Londres, quien maniobró incansablemente en la corte de Carlos II para denunciar los abusos. El clímax llegó en julio de 1666 en Garachico, en lo que se conoce como el 'Derrame del Vino'. Los cosecheros tinerfeños, en un acto de sabotaje épico, reventaron cientos de pipas de vino destinadas a la Compañía, inundando las calles del puerto con Malvasía antes que permitir su venta a precios de miseria.



El profesor Bethencourt Massieu, en su trabajo 'Canarias e Inglaterra: El comercio de vinos (1650-1800)' señala que Tenerife exportaba en esa época más de cuatro millones y medio de litros sólo de la variedad que querían los británicos. Viera y Clavijo señala entre 300 y 400 vecinos agricultores "violentaron las puertas de las bodegas, destruyendo luego los toneles y barricas llenas de vino, derramando sus contenidos, formándose arroyos en las calles, una de las inundaciones más extrañas que se pueden leer en los anales del mundo". Desde Londres, el rey Carlos II sentencia: "ningunos vinos, ni otras manufacturas o mercancías (…) de las Islas de Canaria (…) entrarán de hoy en adelante en este nuestro Reino".


El ocaso de la Compañía y el triunfo de la libertad comercial


La Canary Company nació bajo una mala estrella. Al conflicto en las islas se sumaron desastres en Londres: la Gran Peste de 1665 y el Gran Incendio de 1666, que devastó los almacenes y las oficinas de muchos socios. Además, la caída en desgracia de Lord Clarendon, el gran protector político de la Compañía, dejó a Sir Arthur Ingram sin apoyos en el Parlamento. Ante la presión de los comerciantes independientes (los 'interlopers') y las protestas diplomáticas españolas, Carlos II se vio obligado a revocar la Patente Real en septiembre de 1667. La Canary Company se disolvió, dejando tras de sí un rastro de pleitos y una lección histórica: en el Atlántico del siglo XVII, ni siquiera el poder de un rey inglés podía contener la voluntad de un pueblo que prefería ver su vino correr por los barrancos antes que entregarlo a un monopolio extranjero.


Y así fue como el sueño de la Compañía de Canarias se deshizo, no porque faltara el vino o porque los barcos no supieran el camino, sino porque el mundo es demasiado ancho para ser guardado en el bolsillo de unos pocos. Se fueron los factores, se retiraron los privilegios y la Patente Real terminó siendo un papel amarillento que el tiempo, con su paciencia de ciego, fue cubriendo de polvo en los archivos de Londres, allí donde los nombres de Sir Arthur Ingram y el Conde de Molina reposan ahora en un mismo silencio. Al final, después de tanto pleito y tanta intriga de corte, lo único que quedó fueron las cepas hundiendo sus raíces en la tierra volcánica, ajenas a las leyes humanas, esperando el próximo invierno para volver a convertir el agua en ese milagro de azúcar y fuego que ningún rey, por mucho que se empeñe, podrá nunca llamar enteramente suyo.


José Luis Jiménez

Canarias




1 comentario


Este artículo tiene muchos sesgos, que dan lugar a confusión. No se puede decir Madrid esto o aquello, cuando hablan del gobierno. No deben culpar a las leyes vitiviniculas, cuando uds para lo que les conviene dicen que uds son tierra diferente y tienen otras caracteristicas. Ah ! Pero cuando le apetece dicen que son ingleses.

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