Viñátigo: la historia de cómo el vino canario aprendió a confiar en sí mismo
- 14 abr
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En un momento en el que el vino vive entre etiquetas, discursos de mercado y una creciente estandarización global, la voz de Juan Jesús Méndez, director de Bodegas Viñátigo, se mantiene firme, incómoda y necesaria. Su trayectoria, ligada desde 1990 a nuestra bodega, no solo ha sido clave en la recuperación de variedades autóctonas canarias, sino también en la construcción de un pensamiento propio sobre lo que significa hacer vino en un territorio como Canarias.
La entrevista publicada en La Vanguardia no es solo un recorrido por la evolución del sector en las islas. Es, sobre todo, una reflexión estructural: sobre los errores estratégicos del pasado, sobre la complejidad del presente y sobre las decisiones que marcarán el futuro del vino canario. Desde la crítica abierta al sistema de denominaciones de origen hasta la defensa de un modelo basado en identidad, investigación y coherencia territorial,
Méndez plantea un discurso que trasciende lo local.
A su lado, Jorge Méndez, representante de una nueva generación, aporta una visión técnica y territorial que conecta tradición y conocimiento contemporáneo. Juntos, construyen un relato que explica cómo Canarias ha pasado, en apenas unas décadas, de una situación de decadencia a convertirse en uno de los territorios más singulares del panorama vitivinícola internacional.
Una transformación que no ha sido casual. Como recoge la propia historia de la bodega, ha sido fruto de décadas de investigación, recuperación varietal y adaptación constante a un entorno volcánico único, donde la viticultura no solo es difícil, sino profundamente identitaria .
A continuación, reproducimos íntegramente la entrevista publicada en el periódico La Vanguardia.
Marla González | La Vanguardia
13/04/2026
¿Cómo era Canarias en su juventud? ¿Qué vinos se hacían?
Juan Jesús Méndez: Sinceramente, muy malos. Atravesábamos una época de decadencia del sector muy grave. Tras siglos de esplendor, con un gran reconocimiento a nivel mundial desde el XVI en adelante, a finales del siglo XX las técnicas aplicadas en las elaboraciones se habían relajado mucho, fruto de haberse reducido el mercado a nivel interior, con unos consumidores muy poco exigentes y donde toda la producción se vendía a granel. Además, a finales del siglo XX, el mercado era exclusivamente a nivel interior, el vino local no gozaba de reconocimiento y se comercializaba en los establecimientos de nivel más bajo.
Usted fue uno de los que inició el interés por las variedades autóctonas en Canarias. ¿Cómo fueron sus inicios?
J. J. M.: A partir de los años 90 se genera una importante corriente de interés por el vino local, se crean las denominaciones de origen (DO), se establecen criterios de calidad, se comienzan a modernizar las bodegas… Sin embargo, se tenían como referentes otras zonas; no se mostraba ningún interés por las variedades canarias. Para hacer “buenos vinos” había que apoyarse en las variedades internacionalmente reconocidas, denominadas erróneamente “mejorantes”.
¿Contó con apoyo local?
No. Nuestra apuesta no fue oída, se nos negaron ayudas, no se apoyó ni desde los Consejos Reguladores ni las Administraciones Públicas de las islas. Finalmente, conseguimos el apoyo del Gobierno Central y fuimos capaces de poner en marcha un proyecto de I+D con la participación de la Estación de Viticultura y Enología de Galicia (EVEGA), que, aportando su experiencia en la recuperación de las variedades gallegas, nos fue de enorme ayuda.
La primera DO fue Tacoronte-Acentejo en 1992, pero usted fue uno de los impulsores de la denominación Islas Canarias en 2011. ¿Por qué crear una DO genérica si había varias específicas?
J. J. M.: Al principio nos pusieron muchas trabas. Las razones que nos llevaron a pelear por la DO son muchas, pero en esencia cabría decir que las DO comarcales no responden a ningún criterio vitícola ni vinícola diferencial, sino que se hicieron atendiendo a comarcas administrativas. Además, la fragmentación debilita al sector ante sus reivindicaciones frente a las diferentes administraciones.
Hoy en día gran parte del sector del vino busca desprenderse de etiquetas. ¿Cómo valora la existencia de tantas DO en un archipiélago tan pequeño?
J. J. M.: No tiene sentido, fue un error estratégico muy grave, fruto de la inmadurez del sector y de la dejadez de la administración, que no hace nada por reconducirlo. La mayoría de las DO no aportan valor añadido, sino un coste elevadísimo que perjudica al sector. Algunas DO tienen un coste de más de 5 euros por botella que se comercializa bajo su amparo, algo absolutamente inexplicable para los consumidores.
¿Qué acciones podrían llevarse a cabo desde las islas para posicionar mejor los vinos a nivel internacional?
J. J. M.: Gestionar mejor desde la administración los programas con terceros países, que se llevan a cabo de forma muy lenta, dificultando mucho su aprovechamiento. Por otro lado, apoyar de manera específica a las iniciativas con base empresarial y comercial, abandonando el modelo caduco de “café para todos”, cuyo resultado es cero pese al gasto de importantes recursos.
¿Y las guías de vinos?
J. J. M.: En general, nos han favorecido dando a conocer la singularidad del vino canario en el mundo, algo que deberían aprovechar más bodegas, independientemente de su tamaño. El posicionamiento exterior es muy importante para lograr el reconocimiento de una región como zona productora de vinos de calidad, y eso no quiere decir que deba abandonarse el mercado interior. El enoturismo, por ejemplo, es otra herramienta muy interesante si se hace bien, pero si se masifica resulta contraproducente porque, en lugar de sumar, resta.
¿El relevo generacional es más difícil que en otras zonas debido al peso del sector turístico? ¿Cuál es la posición del gobierno respecto a este tema?
J. J. M.: El problema del relevo generacional no está relacionado con el turismo; el problema está en que no se han hecho las tareas en materia de viticultura. El material vegetal con el que se está trabajando en las islas está completamente agotado, con unos rendimientos por hectárea bajísimos, lo que hace absolutamente inviable económicamente a la mayoría de los cultivos. Mientras no se resuelva esto, el sector seguirá perdiendo hectáreas, ya que no resultará interesante para los jóvenes.
Jorge, en Viñátigo usted es principalmente el responsable de la viticultura. ¿Qué retos impone en Canarias?
Jorge Méndez: La viticultura en Canarias presenta retos estrechamente ligados a su paisaje y a la naturaleza volcánica de sus suelos; la enorme diversidad de las islas condiciona profundamente el cultivo de la vid. La primera y más determinante es su condición insular, que implica un aislamiento. Canarias es, además, un archipiélago vivo y en constante evolución geológica, como demuestran las recientes erupciones volcánicas. A ello se suma una extraordinaria diversidad altitudinal; tenemos plantaciones que alcanzan los 1.700 metros de altitud (de los viñedos más altos de Europa).
Y habrá más.
Sin duda. La influencia de los vientos alisios presenta retos importantes en términos sanitarios debido a un incremento de la humedad, favoreciendo la aparición de enfermedades, lo que exige una gestión vinícola precisa. También los suelos volcánicos, que requieren de un manejo complejo, para lo que son imprescindibles las técnicas agrícolas respetuosas con el medio ambiente. Y otro desafío clave: la disponibilidad y calidad del agua. En general, las aguas no presentan las condiciones óptimas para el cultivo, lo que limita el desarrollo de nuevas plantaciones. Y, por último, el relevo generacional constituye uno de los grandes retos actuales.



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